Cuando la hostilidad se respira en sala y tu cliente tiene que declarar

Abr 29, 2026 | Análisis Técnico, Experiencias

Hay cosas que no te cuentan cuando empiezas a ejercer, y curiosamente son las que más impacto tienen luego en la práctica diaria.

Se habla mucho de técnica, de plazos, de recursos, de cómo interrogar o de cómo estructurar un escrito, pero casi nadie te prepara para lo que realmente ocurre dentro de un juzgado. Ayer, en una reunión, volví a tener esa sensación muy clara. Existe una idea bastante extendida de que las instituciones están para proteger y dar seguridad, y debería ser así, pero la realidad, en no pocas ocasiones, es distinta. Hay situaciones en las que el cliente sale del juzgado con más miedo del que traía al entrar. Y eso, aunque incomode decirlo, hay que asumirlo y, sobre todo, anticiparlo.

Quien entra en un juzgado no está en su entorno. No sabe cómo funciona aquello, no entiende los tiempos, ni los silencios, ni el lenguaje. Y además suele hacerlo con una expectativa bastante ingenua: que va a poder explicar con calma lo que ha pasado, que alguien le va a escuchar con atención y con cierta neutralidad. Pero no siempre ocurre así.

Hace aproximadamente un mes me encontré con una escena muy reveladora. Una cliente iba a declarar como denunciante y, nada más entrar en sala, lo primero que vio fue a una jueza lanzando un expediente de un lado a otro con evidente enfado. No hizo falta que pasara nada más para que la situación se torciera desde el primer momento. La cara de la cliente cambió por completo y, cuando empezó a declarar, se bloqueó. No porque no supiera lo que había pasado, sino porque el entorno no le permitió contarlo con normalidad. Afortunadamente, recordó lo que mi compañero y yo le habíamos anticipado. Paró, respiró y empezó a reaccionar. Recuperó el control, venció el miedo y la declaración se recondujo.

Ahí es donde está una de las claves que nadie te explica cuando empiezas. No todo depende de ti, ni de tu cliente. El factor humano en sala es absolutamente imprevisible. Puedes encontrarte con alguien correcto, o con alguien que ese día no está bien, o incluso con alguien que, sencillamente, no trata a los justiciables como debería. Y tu trabajo no es ignorar eso, sino asumirlo y preparar al cliente para ese escenario. No para el ideal, sino para el real.

Por eso, cada vez tengo más claro que hay que decirlo sin rodeos antes de una declaración. Esto puede ser una comparecencia tranquila o puede no serlo. Va a depender, en gran medida, de quién tengas delante. Pero eso no cambia lo esencial. El cliente tiene que mantenerse firme, respirar, contestar con calma y sin precipitarse. Si no entiende algo, tiene que decirlo. Si le interrumpen en algo relevante, puede pedir continuar con educación. Y, sobre todo, no debe tener miedo.

Porque al final, aunque a veces se nos olvide, los jueces son personas. Pueden tener un mal día, pueden estar saturados o, en ocasiones, pueden no actuar de la mejor manera. Pero eso no elimina el derecho del ciudadano a explicar lo que ha sucedido. Y ahí es donde el papel del abogado deja de ser solo técnico. También es contener, anticipar y sostener al cliente en un entorno que muchas veces le supera. Y eso, por mucho que se estudie, no viene en ningún manual.

Tres cosas que no puedes dejar al azar

Preparar a un cliente para declarar no es solo explicarle el caso. Es prepararle para el entorno.

La primera, anticipa todos los escenarios posibles. No solo uno amable. Explícale que puede encontrarse con corrección, con neutralidad o con hostilidad. Y que su papel no cambia en ninguno de ellos.

La segunda, justo antes de entrar, haz algo tan simple como efectivo: que respire hondo varias veces. Parece una obviedad, pero no lo es. Bajar la activación en ese momento es clave para que pueda concentrarse y no bloquearse.

La tercera, dale herramientas concretas para cuando el entorno no ayude. Frases sencillas, educadas, pero firmes. “Si su señoría me permite, es importante que lo aclare”, “no quiero contrariar, pero necesito explicarlo”, “permítame terminar, por favor”. Que las tenga interiorizadas.

Pero, sobre todo, que tenga claro algo: que no se quede callado por miedo.

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